Sesión de Compromiso en Playa Buyé, Cabo Rojo

Gracias a Melvilí y Andrieu, ese lunes vi el atardecer en Playa Buyé, una playa que guarda muchas memorias de mi juventud. Es la misma playa a la que yo me iba a cortar clases cuando estudiaba en Mayagüez (sorry, mami), así que cuando supe que aquí era donde íbamos a hacer esta sesión, sentí que también era un poquito mía.

Pero esta historia no empieza conmigo. Empieza con ella.

Melvilí es de Cabo Rojo. Creció en el oeste, con el sol de la tarde pegando distinto y el mar como fondo de casi todo. Y como toda boricua del oeste que se respeta, tenía un sueño bien específico para su boda: casarse en el Faro de Cabo Rojo, con los acantilados detrás y el Caribe abriéndose hasta donde alcanza la vista.

Ese sueño no se pudo cumplir. Después del huracán María y la pandemia, el acceso al faro cambió. Hoy en día se puede llegar, pero solo caminando, un trayecto de cuarenta y cinco minutos hasta los acantilados del Faro y Playa Sucia. Para algunas parejas eso es una aventura perfecta. Para una boda, con invitados, con tacones, con el calor de Puerto Rico pegando fuerte, no es viable. Melvilí lo sabía. Y aunque terminó escogiendo otro lugar hermoso para decir que sí frente al mar, esa idea de Cabo Rojo la dejamos pendiente

Entonces pasó algo bien bonito. Cuando Melvilí y Andrieu me contaron que querían hacer una sesión de compromiso antes de la boda, no era solo por tener fotos bonitas. Era su manera de anclar todo esto su tierra. Andrieu es filipino, viven juntos en EEUU, y su boda ocurriría en San Juan. Pero antes de todo eso, antes del vestido y el protocolo y los dieciochomil detalles de una boda grande, Melvilí quería llevarlo a su pueblo. A su playa.

Y no cualquier playa. Playa Buyé no es solo el lugar donde Melvilí pasó su niñez y su adolescencia. Es el lugar donde Andrieu le propuso matrimonio. Así que volver ahí, los dos, antes de la boda, fue un regreso al punto exacto donde este capítulo comenzó.

Un caluroso atardecer en Playa Buyé

A pesar de que llegamos justo para la puesta del sol, el calor y la humedad no eran chiste esa tarde. Pero eso no detuvo a nadie. Mel y Andrieu se lo gozaron de principio a fin, entre risas, cargadas en la orilla, vueltas en el agua y ese tipo de energía que solo sale cuando dos personas están completamente cómodas la una con la otra. Caminamos bajo los árboles que bordean la costa, nos metimos hasta donde el agua nos dejó, y dejamos que la luz del atardecer hiciera el resto.

Gracias por el encantador ratito, Mel y Andrieu, y por añadir a nuestro querido Buyé una hermosa memoria más.

Pronto les comparto su épico día de bodas en el Condado Vanderbilt.

xo,
Cami